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Hoy estoy de viaje y aunque siempre que viajo me gusta evadirme, no quiero olvidarme de vosotros.Y hablando y pensando tanto en viajes me he acordado de una historia de hace ya bastantes años, antes de que me adentrase en el mundo de las acompañantes de lujo. Por aquel entonces todavía no trabajaba como escort, aunque la idea ya rondaba mi cabeza, puede que ese fuese el motivo por el cual creo que me puse a prueba en aquel viaje en avión a Canadá. Esta es una historia que gira en torno a una vivencia que muchas personas tienen como fantasía erótica, practicar sexo en un avión…. Pero vayamos por partes, empecemos por el principio.

Por aquel entonces yo estaba comenzando mis estudios universitarios y había decidido viajar a Montreal, por un lado porque me apetecía cruzar el charco y por otro porque así podría practicar un poco el francés (el idioma, no seáis mal pensados). Además desde allí podría visitar Nueva York, una ciudad que tenía muchas ganas de conocer.

Pero vamos al tema, al avión que me llevaría desde Barcelona hasta Montreal. Todo pintaba bien al comienzo del viaje, me había tocado un asiento sola así que podría estirarme a descansar cómodamente durante las poco más de 8 horas de vuelo. El morbo de esta historia comenzó cuando un hombre pasó por mi lado y rozó con su mano mis pies despertándome. Al sobresaltarme el hombre se disculpo de forma muy educada diciéndome que lo sentía y que era “mi vecino de detrás”.

“También viajo sólo”, me dijo en un castellano muy afrancesado.

Mi acompañante de lujo

Debíamos de llevar menos de dos horas de vuelo porque todavía podía verse tierra firme por la ventanilla del avión y el océano no había pasado a convertirse aún en el único telón de fondo. Bryan, así se llamaba, me invitó a sentarme con él para cenar, ya que estaban a punto de repartir las bandejas con el catering del avión. Yo acepté, siempre he sido una persona muy sociable y además teníamos unas cuantas horas de por medio. Y para que engañarnos, Bryan era muy guapo y aunque unos cuantos años mayor que yo (tenía 35) me resultaba un hombre muy interesante. Charlamos y me contó que estaba en proceso de divorcio de su mujer en Canadá, estuvimos hablando de mi viaje y me enseño algunas palabras en francés. Enseguida congeniamos y empezamos a tontear. El me dijo que era una persona mucho más madura de lo que indicaba mi DNI y daba gracias de manera cómica por haber coincidido conmigo como vecina de asiento.

Ya debían de haber pasado un par de horas desde la cena porque la práctica totalidad del avión se había dormido, cuando una azafata pasó con una manta y nos tapó las piernas. Por sus gestos debió entender que éramos pareja.

El ambiente ya se había caldeado bastante entre nosotros y aprovechando el contexto, Bryan me acarició la pierna con su mano oculta bajo la manta. Me miró buscando mi aprobación que encontró con una simple sonrisa. Siguió acariciando mi muslo hasta llegar poco a poco a alcanzar lo que buscaba. Nos besamos y con unos movimientos muy suaves, supo estimularme de una manera muy excitante.

En un momento le aparte la mano, y busque mi bolso. Saqué un preservativo y le dije susurrándole al oído “Te espero en el baño”. Entré en uno de los servicios del avión y 2 minutos más tarde entró él. Debo deciros que yo también fantaseaba con practicar sexo en un vuelo, pero creedme, no es el mejor lugar del mundo para hacerlo. Conseguí encontrar una postura cómoda encima del lavabo. Bryan me quitó mi ropa interior allí estuvimos unos cuantos minutos dando rienda suelta a nuestros deseos. Debimos ser bastante discretos porque cuando salimos no noté que nadie se fijase en nosotros, salvo una chica joven que me lanzó una mirada entre la complicidad y la envidia sana.

En Montreal volví a quedar un par de veces con Bryan y aunque volvimos a tener encuentros sexuales, también supe ver que encontraba en mí a una confidente a una amiga con quien compartir sus emociones y sus pensamientos. Fue una de las experiencias que me hicieron plantearme seriamente esta profesión. Por un lado había disfrutado del sexo, una de mis debilidades, y por otro había conectado, escuchado y ayudado a una persona. Lo había pasado tan bien que pensé ¿Por qué no seguir haciéndolo?